*Narra Clara*
Decidí no despertarme muy tarde para poder llegar temprano a casa de Blas. Esta semana mis padres se iban de vacaciones, de manera que estaría sola, así que decidí llamar a Blas para que estuviera conmigo unos días. Así no tendríamos que estar yendo y viniendo de un lado a otro para vernos.
Cogí el bolso con todas mis cosas y salí de casa. Llegué a la calle y me dirigí hasta donde había aparcado el coche, por suerte la tarde anterior conseguí aparcarlo no muy lejos. Seguí caminando y ahí estaba, abrí la puerta, me senté en el asiento y empecé el pequeño viaje.
Veinte minutos después me encontraba llamando al timbre de casa de Blas.
- ¿Todo listo? - Pregunté cuando abrió la puerta.
- Compruébalo tú misma. - Me sonrió y se apartó a un lado. Pasé dentro del piso y comprobé que había una gran maleta.
- ¿Todo eso? - Dije sorprendida.
- ¿Qué? ¡Tú hiciste lo mismo cuando nos fuimos de vacaciones el año pasado!
- Pero creo que hay una pequeña diferencia... ¡Esa vez fueron quince días! Esta vez son sólo cinco. - Reí.
- ¿Crees que me he pasado? - Preguntó algo avergonzado.
- Bueno, ahora no te vas a poner a deshacer todo, así que vamos. - Respondí sonriendo.
- Vamos entonces. - Salí por la puerta y él agarró la maleta saliendo detrás de mí. - Cielo, aún no me has saludado. - Dijo parándose.
- ¡Hola chiquitito! - Me acerqué y le abracé. Era tonto, pero mi tonto. - ¿Ya? - Dije cuando nos separamos.
- Bueno, me sirve. - Sonrió.
- ¡Anda vamos!
No tardamos mucho más en salir y volver de nuevo a mi casa. El viaje volvió a ser corto y se pasó rápido. Una vez cerca de mi urbanización, busqué un sitio para aparcar y bajamos del coche. Me acerqué a la parte de atrás y abrí el maletero, saqué la maleta como pude y la arrastré por el camino mientras nos dirigíamos a mi portal.
- ¿De verdad no quieres que te ayude? - Me preguntó Blas viendo lo costoso que me resultaba poder realizar aquel viaje.
- Tranquilo, yo puedo. - Mentira, no podía, pero a estas alturas si lo seguía haciendo era por orgullo. ¡Tenía que poder llevarla, era sólo una maleta!
- ¿Estás segura? Es que ya no sé quién es más grande... - Me dijo entre risas.
- ¡He dicho que puedo! - Contesté como pude. En el fondo tenía razón, entre que la maleta era enorme y yo bajita, la altura entre aquel armatoste y yo era parecida.
- Madre mía... - Dijo y siguió riendo. Por suerte llegamos al portal, saqué mis llaves y abrí la puerta. Pasamos dentro y llamé al ascensor.
- Uf. - Resoplé. Menos mal que habíamos llegado.
- Podías, ¿no?
- ¿Has visto que me haya tropezado, caído o haya dejado la maleta por el camino? - Le contesté desafiante.
- Todavía queda camino hasta tu casa.
- ¿Qué pretendes? ¿Qué me caiga en el ascensor? - Los dos nos reímos. La verdad es que eso que me dijo no tuvo mucho sentido.
- Quién sabe...
- ¡No vale que me tires! - Sus ideas se podían oler a kilómetros. El ascensor llegó a la planta baja, él abrió la puerta y me dejó pasar a mí primero. Cuando los dos estuvimos dentro el pulsó el botón de mi piso, yo me encontraba algo apretujada.
- Bueno, creo que tú eres más alta.
- ¡Claro que lo soy! - Me coloqué erguida y bajé el asa de la maleta, de
esa manera parecería aún más alta.
- Me da que sólo te falta ponerte de puntillas.
- ¡Te encanta meterte conmigo eh!
- Es divertido, pero sabes que te quiero.
- Se nota mucho, ¡no dejas de demostrármelo! - Respondí irónicamente mientras me abría la puerta para poder salir sin problemas.
- ¿Acaso piensas lo contrario? - Me contestó mientras yo abría la puerta.
- ¿Hace falta que responda? - Respondí riendo y los dos pasamos dentro de mi piso.
- Anda tonta, no me digas eso.
- El daño ya está hecho. - Dramaticé e intenté trasladar todas sus cosas a mi habitación.
- Clara, yo te quiero mucho. - Respondió apoyado en la puerta de mi cuarto contemplando toda la escena entre la maleta y yo.
- Ya lo sé bobo. - Me acerqué a él para decírselo.
- ¿De verdad? - Preguntó mientras se acercaba más a mí.
- De verdad. - Me incliné y le besé. Me encantaba cuando se ponía cariñoso. - Y ahora ayúdame a colocar todas tus cosas, que me da que no va a ser fácil.
- ¡Con todo lo que tienes aquí dentro lo veo complicado! - Me dijo al ver toda la cantidad de ropa que tenía guardada en el armario. Sí, iba a ser bastante difícil.
Creo que cerca que una hora después conseguimos organizar todo. No fue fácil, pero al final lo logramos. Salimos al salón y me acerqué para encender la televisión, así nos distraeríamos un rato.
- No es por molestar pero... Empiezo a tener hambre. - Protestó sentándose conmigo en el sofá.
- ¿Ya? - Pregunté.
- Sí...
- Pues vamos a ver qué podemos cocinar. - Me levanté cogiéndole de la mano y fuimos a la cocina. A mí precisamente no se me daba muy bien cocinar y si a Blas le sacabas de las lentejas estaba perdido. Si seguíamos así acabaríamos alimentándonos a base de cereales el resto de la semana.
- ¿Ves algo que te guste? - Pregunté abriendo la nevera.
- ¿Pizza? - Dijo cogiendo la última que quedaba.
- Claro, eso sí lo sabes cocinar, ¿no? - Reí.
- Ya iremos a comprar más comida. Hoy se come pizza, que es fácil de hacer.
- Mientras no prepares tu plato estrella...
- ¡Mis lentejas están riquísimas!
- Ya... Seguro... - Preparó la comida, que era bastante básico, y mientras puse la mesa. Pronto empezamos a comer y disfrutamos del resto de la tarde. Por lo menos nosotros ese día nos dejaríamos de preocupaciones.
*Narra Rocío*
- ¿Y por qué no me avisaste? - Le pregunté.
- Rocío, ya se ha ido, ahora vamos a comer y ya está, no hay nada de lo que preocuparse. - Salimos del hospital dirigiéndonos a un restaurante cercano.
- Eso no es lo que dicen los que la conocen... - Murmuré.
- ¿Qué?
- Nada, nada. - Disimulé. Estuvimos sin hablar un rato, quizás era lo mejor con tal de no seguir peleando. El caso es que Lara siempre estaba en medio desde ayer, siempre, y lo mejor de todo es que Dani la defendía. Cuando entré aquella mañana en la habitación del hospital estaba cogiéndole de la mano, diciendo cualquier chorrada que se le pasaba por la cabeza para llamar la atención y narrándome todas y cada una de las historias que vivieron cuando pasaban tiempo juntos. Vamos, que muy buena no había sido la mañana.
- ¿Qué vas a pedir para comer? - Acabó diciendo Dani. El camarero se acercó a nuestra mesa y pedimos la bebida y la comida. - ¿Vas a seguir así toda la comida?
- ¿Así cómo?
- Enfadada.
- No es eso, no sé, es que no me fío y punto.
- ¿Y te fías de mí? - Dani alargó su brazo y cogió una de las manos que tenía apoyadas en la mesa.
- De ti sí. - Esbocé una pequeña sonrisa.
- Entonces no tienes de qué preocuparte. - Respondió acompañado de otra sonrisa. La conversación en el resto de la comida mejoró, poco a poco se me fue olvidando todo y ambos actuábamos como si no hubiera pasado nada ese día. La verdad era que esa mañana no había pasado nada entre Lara y el rubio de ojos azules pero, ¿de verdad debería fiarme de lo que pudiera pasar más adelante?